martes, 11 de septiembre de 2007

Marruecos, paraiso de la incultura.

¿Inmigración? ¡Cómo no va a haber inmigración en Marruecos!
El 70% de los marroquíes es menor de 35 años, lo que supone un contingente de en torno a 20,5
millones de personas. El régimen de Mohamed VI no ha logrado integrar a la juventud marroquí
que, en su inmensa mayoría, se siente ajena al régimen, desvinculada de cualquier tarea que tenga que ver con el Estado y que no ve perspectivas de futuro en su país. Los jóvenes que militan políticamente, lo hacen desde formaciones islamistas o, los menos en el socialismo de la USFP.

Estos últimos son los más ambiciosos y aspiran a ser los futuros cuadros del régimen y, por supuesto, no contemplan la perspectiva de la inmigración. El resto de jóvenes, militen o no políticamente, miran al otro lado del Estrecho.

Marruecos no es lo que se dice un paraíso de la cultura.
La tasa de analfabetismo total se sitúa en un 50% de la población, pero es particularmente dramática entre las mujeres de zonas rurales, elevándose a un 83%. Seis de cada diez campesinas optan por trasladarse a las ciudades. Las zonas rurales –salvo el Rif, gracias al cultivo de hachís– están empobrecidas y generan una emigración interior hacia las ciudades. Los cinturones de miseria que rodean a Rabat, Casablanca, Tánger, Fez, etc., están formados por antiguos campesinos desarraigados que viven en condiciones infrahumanas.

El medio rural ofrece algunos puestos de trabajo, cuando no hay sequía. A pesar de que el campo marroquí vive una pobreza endémica, la estructura tradicional dela sociedad agraria marroquí ha resistido mejor la crisis socio–económica. Al menos, en las zonas rurales se ha mantenido la estructura familiar y cada persona tiene el apoyo de su comunidad.

El apoyo mutuo que se deparan los miembros de las familias marroquíes, compensa, en cierta medida, la pobreza de esas zonas. Por el contrario, en los arrabales de las grandes ciudades, la desintegración de las estructuras tradicionales y el desarraigo, están abriendo el camino a la desesperación que cristaliza en dos formas: o bien aumentando el impacto del fundamentalismo islámico, o bien, impulsando a la inmigración. O a ambas cosas.

El 19% de la población se encuentra por debajo del umbral de la pobreza y el paro afecta a un
22% de la población urbana. No es raro que la juventud vea el camino de la inmigración como la
única posibilidad de mejorar su situación. En cuanto a los «bidonvilles», verdaderos cinturones
de miseria, suponen el caldo de cultivo más favorable para la expansión del fundamentalismo
islámico. Quienes no tienen nada, ni pueden aspirar a nada, están en su derecho de creer que Alá les reserva un paraíso si mueren en la guerra santa. En Palestina e Irak, el reclutamiento de terroristas suicidas se ha realizado sobre una base sociológica similar: seres desesperados y sin perspectivas de mejora.

Inmediatamente fue entronizado, Mohamed VI, el majzén quiso presentar al nuevo rey como «el monarca de los pobres», sugiriendo que su gestión iría en la dirección de mejorar las condiciones de vida de la población. Desde entonces, han pasado siete años y, efectivamente, ha demostrado honrar ese título, pero no en el sentido que pretendía dar el majzén; en efecto, nunca como ahora han existido tantos pobres en Marruecos y nunca el balance de la acción del gobierno ha sido tan cicatera en relación a las clases más desfavorecidas.

Cuando muere Hassán II, la renta per capita en Marruecos era de 1.260 dólares, pero en 2002 ya había bajado a 1.218.

Decir chabolismo es decir miseria y desestabilización.
Hubo un tiempo en el que los marroquíes se forjaban esperanzas. Entre 1984 y 1992, el país había conseguido disminuir (del 21% al 13%) la tasa de población que vivía con menos de dos dólares al día. Pero se trataba de una mejora puntual que se vino abajo en el 2000 cuando se volvió a elevar alcanzando el 19%. En ese período la población había crecido y, con ella el
número de pobres: 3,4 millones en 1994, frente a 5,3 en el año 2000.

Hoy, una cuarta parte de la población rural y una octava parte de la población urbana es pobre.
Estos últimos, además de la pobreza, deben soportar el vivir en chabolas inmundas y carecer completamente de infraestructuras y servicios públicos. El Estado ha renunciado a estar presente en esos barrios que registran altas tasas de inseguridad ciudadana y depauperación.

La miseria no genera beneficios para el Estado, por tanto, se abandona a los miserables a su suerte. Pero ni siquiera los jóvenes que disponen de alguna preparación cultural tienen perspectivas de mejora dentro de la sociedad marroquí, si no pertenecen a las esferas del poder o del funcionariado.

Un titulado universitario es un aspirante a futuro parado.
El 62% de los jóvenes en paro tiene título universitario o de grado medio y el 70% de los jóvenes
estudiantes desea emigrar al extranjero. En su país carecen completamente de centros de ocio
y deporte. Solamente tienen televisor (verdaderos bosques de parabólicas incluso en los barrios
modestos) desde el que pueden ver el modo de vida occidental, constituyendo, cada teleserie,
cada reportaje sobre las playas y los centros de turismo y ocio europeos, un reclamo para la inmigración.

En 2000, los medios de comunicación occidentales proclamaron la aparición de lo que llamaban
«Generación MVI» (Generación Mohamed VI). Se les presentaba como jóvenes «suficientemente preparados», de clase media–alta y con aspiraciones hacia una evolución democrática de la sociedad. Pero, un año después, las esperanzas en que esta generación
ocupara los resortes del poder, quedaron decepcionados, especialmente tras la manifestación
de mujeres islamistas en Casablanca, contra la reforma del «Estatuto Personal». Esa manifestación evidenció la realidad: el Islam avanza imparable entre los jóvenes.

Este impulso disuadió al gobierno de aplazar la reducción de la mayoría de edad electoral de
los 21 a los 18 años hasta después de las elecciones legislativas de 2002, al existir la convicción de que la inmensa mayoría del voto juvenil iría a parar al PJD. Incluso el sindicato estudiantil, habitualmente dominado por socialistas y comunistas desde la independencia, en estos momentos está en manos de los islamistas radicales de Justicia y Caridad.

Los jóvenes marroquíes cada vez se casan mas tarde a causa de las dificultades económicas.
Esto no es una novedad, ocurre también en Europa, sólo que en Marruecos es un fenómeno reciente que choca con la tradición antropológica, inherente a la cultura local, de formar una familia, cuanto más grande mejor. Quien no tiene familia, quien no ha sido capaz de formar una familia, es un fracasado y, en algunos ambientes rurales, se duda si considerarlo suficientemente «hombre».

Hoy la edad media para contraer matrimonio en Marruecos es de 27 años. A la pobreza, se une
cierto menosprecio para el hombre que, a esa edad, no ha conseguido ser cabeza de una familia.

La liberación de la mujer constituye otro aliciente para una población que sólo considera honesta
a la mujer cubierta con el velo y luciendo chilaba hasta los pies.
¿Cómo no sentirse atraídos por las mujeres europeas que no dudan en ir a las playas en top less o caminar por las calles con minifalda y tacones?

Desde el punto de vista de la cultura marroquí, las mujeres que osan ir así no son honestas...
pero son atractivas. Y, además, está la perspectiva de poder trabajar, lo cual no es poco.

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