jueves, 16 de agosto de 2007

La Inmigración magrebí, fuera de control.

La inmigración marroquí es, de todos los contingentes migratorios residentes en España, el más antiguo y el más numeroso (eso sí, a corta distancia del contingente ecuatoriano), pero también el más conflictivo.

A esa conflictividad contribuyen cuatro factores: el hecho de que el país de origen mantenga contenciosos territoriales con España, el hecho de que los contingentes marroquíes sean de religión islámica y, en buena medida, fundamentalistas islámicos, el hecho de que se trata
de un contingente que ha demostrado en toda Europa un grado de integración extremadamente bajo y, finalmente, el hecho de que se trate de una inmigración con baja capacitación laboral.

No está de más recordar que en las cárceles españoles se encuentra un número extremadamente abultado de delincuentes de origen marroquí, desproporcionado en relación a otras comunidades nacionales. Podemos decir que, si bien la inmensa mayoría de los inmigrantes marroquies vienen a España para trabajar, no es menos cierto que una parte desproporcionada de delincuentes son marroquíes.

Además, aquí se une un nuevo problema: la Constitución de Marruecos no admite que un ciudadano que haya nacido marroquí deje de serlo, ni siquiera por voluntad propia. Así pues, cuando se produce la posibilidad de que un marroquí reciba la nacionalidad española...
nunca renunciará a la marroquí y siempre seguirá siendo un leal súbdito del Rey de Marruecos, Mohamed VI.

Esto es mucho más grave toda vez que, como hemos dicho, Marruecos es el único país que mantiene un contencioso territorial contra España. ¿Qué puede ocurrir en caso de conflicto con el casi un millón de marroquíes residentes en España? ¿No es lógico pensar que actuarían a modo de una «Quinta Columna»? Por eso, es todavía más incomprensible la política de la administración ZP en relación a Marruecos y, en particular, el ominoso papel que ha
desempeñado la diplomacia española en la VIII Reunión de Alto Nivel Hispano-Marroquí, en la que todos los puntos de tensión han sido eludidos sin excepción y solamente se han abordado las formas de ayudar económicamente a Marruecos, esto es, de evitar que cree más
focos de tensión.

La política de ZP, en este sentido, es torpe, extremadamente timorata y ciega y se basa en tender la mano al enemigo geopolítico para demostrarle que no se pretende causarle ningún perjuicio... El problema es que Mohamed VI ve las cosas de otra forma: exportar masivamente
haschis a España, abrir y cerrar la espita de la inmigración según se le envíen más o menos «fondos de ayuda», amenazar con estimular las reivindicaciones territoriales si no se satisfacen otros «caprichos» en forma de créditos y ayudas económicas.

Ni siquiera en el tema de los menores marroquíes se ha podido llegar a un acuerdo contundente. Así pues ¿de qué estamos hablando? Estamos hablando de conflicto, de inmigración masiva y de tensión....

La Inmigración magrebí fuera de control.
Para los sociólogos, los «bidonvilles» (barrios de chabolas) que rodean a las grandes ciudades marroquíes, han superado desde hace tiempo el llamado «umbral de sostenibilidad social», es decir, el límite de deterioro de las condiciones de vida que un grupo social está dispuesto a soportar sin rebelarse.

En Marruecos sólo existen dos formas de rebelión: el islamismo y la inmigración. O ambas, tal
como demuestran los reiterados casos de terroristas islámicos que actúan en Europa camuflados entre los contingentes de inmigrantes.

La inmigración está fuera de control en España.
Entre la dejadez del PP mientras tuvo el poder y el aventurerismo torpe del PSOE cuyas «magnas obras» en esta área fueron la reforma de la Ley de Extranjería en 1999 y la regularización masiva de 2005, la inmigración se ha transformado en un problema que cada vez más, genera más alarma social. El episodio del asalto a las vallas de Ceuta y Melilla y la revuelta generalizada en Francia en noviembre de 2005, unido al goteo continuo de inmigrantes, especialmente procedentes del Magreb, han causado un profundo impacto en la opinión pública española.

Dos orillas del Mediterráneo, dos realidades.
Las dos orillas del Mediterráneo viven realidades diferentes e, incluso, se podría decir, que viven en tiempos diferentes. El Norte industrial y el Sur subdesarrollado.
El Norte democrático y el sur autocrático. El Norte económica y políticamente estable, el Sur,
dominado por la inestabilidad. El Norte laico y de cultura cristiana y el Sur teniendo al islamismo como principal fuerza político–social. El Norte estancado demográficamente y el Sur viviendo
un permanente baby–boom.

El mundo de la orilla norte viviendo en la vanguardia del siglo XXI y la orilla sur con dificultades para salir de las estructuras propias del siglo XIV. Y todo esto separado por los apenas 12 kilómetros que median entre Tarifa y Gibraltar.
Entre dos mundos tan diferentes como el Norte y el Sur del Mediterráneo, tan cerca geográficamente y tan lejos en todo lo demás, no pueden sino surgir contradicciones y conflictos.
España tiene seis veces mayor capacidad adquisitiva que Marruecos.
La esperanza de vida a este lado del estrecho es diez años superior a la marroquí. No es raro
que las mujeres marroquíes embarazadas que viven próximas a Ceuta y Melilla prefieran cruzar la frontera para dar a luz en hospitales españoles; 25.000 recién nacidos mueren cada año en Marruecos y 1.500 mujeres perecen en el curso del parto. La tasa de mortalidad infantil, del 4 por mil en España, se dispara hasta el 40 por mil en Marruecos.

El analfabetismo, residual en España, llega al 50% en Marruecos.
La escolarización en nuestro país alcanza al 92% de los jóvenes, en Marruecos es apenas del 51%. No nos datos cuenta de la gravedad de estas cifras, pero la realidad es que la mitad de la población marroquí es analfabeta, es decir, incapaz de salir de su situación de postración encarrilarse por la senda de la prosperidad.

La inmigración aparece comoun fenómeno, lógico y masivo a toda esta situación. Mucho más si
es estimulado por las mafias próximas al majzén (la «corte», el sistema de influencias que rodean al palacio real) y consideradas como un instrumento de presión para obtener subvenciones de la UE o, simplemente, como arma política. El problema es que esta diferencia entre el Primer y el Tercer Mundo está presente también en el interior de la sociedad marroquí. Junto a los barrios más miserables de Casablanca, cruzando la calle, se entra en la opulencia
y el lujo más insultante.

Chabolismo frente a centros co-merciales de acero, vidrio y cemento.
Este contraste explica por qué Marruecos es un país con ingresos medios aceptables, pero la
miseria se percibe fácilmente en las calles: en efecto, la renta está muy mal distribuida. Una pequeña minoría lo tiene todo, pero un 65% de la población vive en el umbral de la pobreza o sumergido en la miseria más absoluta y la clase media –el gran colchón atenuador de cualquier tensión–, en lugar de crecer, se proletariza.

Cuando se produce una sequía en el campo marroquí, los sociólogos, a la vista de las encuestas
de población, calculan que un cuarto de millón de personas, emigran bruscamente del campo
a la ciudad. El año 2005 ha sido el de la gran sequía, por tanto se augura que estas cifras se habrán superado en el momento de escribir estas líneas. Esto implica que, a partir del 2006, se acelerará el ciclo infernal que une emigración hacia las ciudades, aumento de los cinturones de miseria, y, finalmente, crecimiento de la frustración social que encuentra su desembocadura
en la inmigración a Europa o en el islamismo.

El campo marroquí ha visto frenadas sus exportaciones desde que en 1986, la CEE se amplió
dando entrada a productos agrícolas españoles. Desde entonces, la exportación de productos agrícolas españoles a Europa se ha multiplicado por cinco, mientras quelos productos marroquíes venden lo mismo. Sin embargo, gracias a Rodríguez Zapatero, en la VIII Reunión de Alto Nivel celebrada en Rabat en marzo de 2007, Marruecos ha logrado aumentar sus exportaciones agrícolas en dirección a España.

El analfabetismo y la desestructuración propios de los ambientes de pobreza, generan otro fenómeno preocupante: la explosión demográfica. En Europa, la gran explosión demográfica de mediados del siglo XVIII, generó la industrialización y las revoluciones burguesas que fueron
estallando por toda Europa a partir de 1789. Pero en Marruecos un fenómeno de este tipo no
se ha producido todavía y, cuando lo haga, revestirá otras características, especialmente a la vista del crecimiento del islamismo político. El desprecio que las autoridades marroquíes experimentan por su propio pueblo (la lucha contra la pobreza solamente supone el 10% del presupuesto del Estado, cuando en los países limítrofes se duplica) hace que las islas de pobreza estén cada vez más extendidas (en realidad, cabría hablar de islotes de lujo rodeados de mares de miseria) y que las políticas sociales de creación de infraestructuras, viviendas sociales, alfabetización, etc., no sean suficientes como para paliar el problema.

La demografía supera las posibilidades que tiene el Estado de absorber el descontento, paliar la miseria y modernizar la sociedad. Marruecos tiene también su modelo de descentralización, basado en los municipios. Algunas ciudades, en efecto, se han tomado un interés particular en mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos. Pero este modelo entraña también problemas. Agadir, por ejemplo, donde los planes de viviendas sociales y de construcción de infraestructuras, son superiores a otras ciudades, se ha visto sumergida por el «efecto llamada
» protagonizado por miles de marroquíes desarraigados que han abandonado el campo y otras
ciudades para establecerse en una ciudad en la que parece que se vive mejor. Algunos ayuntamientos, prefieren renunciar a estas políticas sociales, ante el riesgo de generar un flujo de emigrantes interiores que empeorara todavía más la situación. El «modelo marroquí de descentralización» no contribuye a reducir las desigualdades locales, sino a la aparición de diferentes iniciativas, en ocasiones contrapuestas, en los distintos municipios.

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